En un país donde cada semestre estudiar se convierte en un acto de fe, la educación superior en Colombia parece estar perdiendo su sentido de derecho y volviéndose un lujo. Hoy, miles de jóvenes enfrentan el riesgo de abandonar sus estudios por culpa de decisiones políticas mal pensadas, improvisadas y, sobre todo, negligentes.
El ministro de Educación, Daniel Rojas, ha sido protagonista de una de las crisis más graves en el sistema educativo reciente: la eliminación de los subsidios del ICETEX. Esa decisión, tomada sin planificación ni sensibilidad social, dejó a miles de jóvenes —principalmente de sectores vulnerables— sin el apoyo que durante años fue su única herramienta para acceder a la universidad.
Durante la campaña presidencial, se prometió aliviar las deudas y reformar profundamente el ICETEX. Se habló de condonaciones, de créditos justos y de un Estado que respaldaría a quienes sueñan con un título profesional. Pero lo que ha pasado en realidad es lo contrario: el gobierno ha sido indiferente frente al drama de miles de estudiantes que hoy no saben cómo pagar sus matrículas, cómo seguir cursando sus semestres o cómo cumplir sus sueños.
Mientras en los discursos se habla de equidad y justicia social, en las aulas reina la incertidumbre. Las universidades públicas siguen sin recursos suficientes, los jóvenes de regiones como La Guajira se sienten olvidados, y el ICETEX —que debería ser un aliado de la educación— se ha convertido en un obstáculo lleno de trámites, intereses y frustraciones.
El Ministerio de Educación intentó calmar la crisis anunciando la asignación de más de 100.000 millones de pesos para mantener la tasa de interés subsidiada hasta 2026, pero esa medida, lejos de resolver el problema, solo maquilló una situación que ya estaba desbordada. Los criterios no son claros, la cobertura es limitada y la sensación general es que el gobierno está más preocupado por defender su imagen que por garantizar el futuro académico de los jóvenes.
En las calles y en las redes, los estudiantes reclaman algo muy simple: coherencia. No quieren discursos vacíos ni promesas de campaña recicladas; quieren oportunidades reales, políticas públicas efectivas y un ICETEX que no los castigue por soñar con estudiar.
La educación no puede seguir siendo vista como un gasto del Estado, sino como una inversión en el país. Y si el gobierno actual no logra entender eso, estará condenando a una generación entera a la frustración y al desencanto.
En La Guajira, donde la desigualdad golpea más fuerte y donde muchos jóvenes deben irse a estudiar a otros departamentos con mejores oportunidades, estudian gracias a los créditos del ICETEX, las consecuencias son todavía más dolorosas. Aquí, donde cada peso cuenta y cada beca significa una esperanza, la negligencia del Ministerio se siente como una traición.
Colombia necesita con urgencia un nuevo pacto por la educación. Uno que no se quede en el papel ni en los discursos de campaña, sino que escuche, respalde y respete a los jóvenes. Porque cuando el gobierno le da la espalda a la educación, no solo falla a sus estudiantes, falla a todo un país.


0 Comentarios