Estoy de acuerdo con que compararlos
incomoda —y a veces molesta—, pero ignorar sus similitudes sería una forma
elegante de autoengaño político de la que yo no pienso ser parte.
La tesis que desarrollaré a lo largo
de este texto nace de una pregunta: ¿en qué momento dejamos de analizar el
poder y empezamos a justificarlo según la ideología que nos resulta más cómoda?
Esa pregunta aparece cada vez que observo el actuar de Gustavo Petro y Donald
Trump —dos líderes que, aunque opuestos en discurso ideológico, se parecen
peligrosamente en el método—.
A simple vista parecen irreconciliables: uno se reivindica progresista y el
otro encarna el conservadurismo más agresivo de Estados Unidos. Sin embargo,
cuando se observa su forma de ejercer el liderazgo, la distancia ideológica no
alcanza para ocultar una similitud inquietante, por lo menos para mí.
Mi tesis es sencilla, aunque incómoda: Petro y Trump son distintos en ideas,
pero similares en el ejercicio —y la aplicación— del poder. Dos males
comparables que se diferencian más por el lenguaje que por la práctica
política.
Ambos llegaron al poder
capitalizando el descontento social —un rasgo clásico del liderazgo
personalista—. Trump lo hizo hablando de una “Norteamérica olvidada”, golpeada
por la globalización; Petro, de unos “nadies” de Colombia excluidos y olvidados
por décadas de élites políticas. En 2016, Trump obtuvo casi 63 millones de
votos; en 2022, Petro ganó con más de 11,2 millones, la votación más alta registrada
en el país. No son cifras menores: reflejan una ciudadanía cansada que buscó
figuras disruptivas, no consensuales.
El problema surge cuando la
disrupción se transforma en personalismo. Tanto Trump como Petro conciben la
política como una batalla moral basada en el “quien no está conmigo, está
contra el pueblo”. Trump llamó “enemigos del pueblo” a medios críticos como The
New York Times, uno de los medios más importantes —si no el más importante— de
Estados Unidos. Petro —con un tono distinto, pero una lógica similar— ha
acusado a periodistas, Altas Cortes y opositores de sabotear el “mandato
popular”. En ambos casos, la crítica, ya sea periodística —aunque también
política—, deja de ser un insumo democrático y pasa a interpretarse como una
amenaza.
Aquí aparece el alter ego,
sobredimensionado y poco controlado. Ninguno concede legitimidad plena al
contendor político. Trump nunca aceptó completamente su derrota electoral de
2020 frente a Joe Biden y promovió la narrativa del fraude, pese a que más de 60
demandas fueron rechazadas por tribunales estadounidenses. Petro, sin llegar a
ese extremo, también muestra resistencia a reconocer errores: cuando una
política pública falla, la responsabilidad suele recaer en alguno de sus
funcionarios, en el Congreso, en los medios o en el “establecimiento”, pero
nunca en la decisión presidencial —es decir, en él—.
La relación con las instituciones confirma este patrón. Trump tensionó el
sistema hasta el límite: deslegitimó las elecciones, presionó a los jueces y
terminó con el asalto al Capitolio. Petro no ha cruzado esa línea —ni la
cruzará, o esa es mi opinión—, pero sí ha cuestionado de manera reiterada la
independencia de las Altas Cortes del poder judicial colombiano. Por ejemplo,
la Corte Constitucional se ha visto presionada a la hora de discutir proyectos
importantes para el Gobierno —como la reforma pensional—, así como el
Legislativo cuando frena sus reformas sociales —casi siempre— sin lógica,
estudio ni argumentos suficientes. Es ahí donde, para mí, la diferencia es de
grado, no de lógica.
Ambos comparten, además, una
obsesión por la comunicación directa y emocional. Trump gobernó desde Twitter;
Petro lo hace desde X, es decir, la misma red social —pero con diferente
nombre—. Ambos entienden que una frase incendiaria genera más agenda —retuits,
reposts, “me gusta”— que un documento técnico. Estudios del Pew Research Center
mostraron que cerca del 70 % de los mensajes de Trump en redes contenían
ataques directos. En Colombia, basta revisar los trinos presidenciales para
encontrar una estrategia parecida: confrontación constante, tono moralizante y
escaso espacio para la autocrítica.
Ahora bien, sería
intelectualmente deshonesto afirmar que son idénticos. Trump negó el cambio
climático; Petro lo pone en el centro de su discurso. Trump favoreció recortes
tributarios a grandes corporaciones; Petro impulsa reformas redistributivas
—aunque con ellas se escapen más pagos de impuestos—, como su reforma
tributaria impulsada por su exministro José Antonio Ocampo. La ideología
importa —y mucho—. Pero la forma de ejercer el poder puede vaciar de contenido
incluso las causas más nobles.
No es casualidad que ambos
acumulen altos niveles de desaprobación. Trump dejó la Casa Blanca con cerca
del 60 % de imagen negativa; Petro, a mitad de mandato, ha superado el 50 % en
varias mediciones nacionales. Gobernar desde el conflicto constante desgasta
rápido —incluso a quienes llegaron con esperanza—.
Petro y Trump no son lo mismo,
pero se parecen más de lo que sus seguidores quieren admitir. Uno habla de
justicia social, el otro de grandeza nacional, pero ambos creen que ceder es
perder y que escuchar es una concesión inadmisible.
Debo decir —antes de que se me
ponga la camisa de once varas— que compararlos no es igualarlos moralmente, sino
advertir que el método también importa cuando se ejerce el poder.
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