En La Vorágine, José Eustasio Rivera dejó una sentencia que sigue siendo verdad: la
selva nunca se deja domesticar. Quien cree conquistarla, termina engullido por
ella. Arturo Cova desaparece en el monte, borrado entre ramas y barro, símbolo
de un país que devora a sus hijos. Mi tío-abuelo, Fidelino Pérez Herrera,
repetiría ese mismo destino medio siglo después.
Nació en Chipaque en 1929, en una familia campesina que sobrevivía a punta de
comercio y tierra. Como tantos otros, la estrechez lo empujó hacia los Llanos.
En los años cincuenta se unió a la colonización de Mapiripán, entonces apenas
un caserío ribereño a orillas del Guaviare. Allá en esa espesa selva, conocería
a su esposa: Carlina, junto a ella levantó potreros, crió ganado, abrió monte.
Se hizo con hectáreas de tierra, unas a fuerza de machete, otras gracias a la
costumbre del “ocupar para poseer” que legitimaba títulos de papel sobre
territorios de comunidades que para el Estado eran invisibles.
Fidelino encarna las ambigüedades de esa colonización. Fue un pionero que buscaba
futuro, pero también un pequeño patrón que necesitó jornaleros para sostener su
empresa. Como Cova, habitó la contradicción entre víctima y cómplice: huía del
hambre, pero reproducía desigualdades. Su vida muestra con crudeza que la colonización
de la frontera no fue nunca una epopeya romántica, sino un mecanismo de
acumulación desigual, sostenido por la ausencia del Estado y la fuerza del más
fuerte.
En En 1975, cuando
volvía de Bogotá con las ganancias de sus ventas, la avioneta en la que viajaba
se estrelló en la selva. El dinero apareció intacto; su cuerpo, apenas en
fragmentos. La metáfora es demasiado clara: lo único que el sistema recupera es
el capital; la vida humana, en cambio, resulta prescindible.
Lo que vivió Fidelino no fue una anécdota familiar. Fue la repetición de
una lógica nacional: la ocupación de los Llanos y la Amazonia como “tierra sin
gente” que había que poblar, aunque allí ya vivían comunidades indígenas y
campesinas. Fue el despojo convertido en política, la informalidad como norma,
la violencia como notario. Lo que Marco Palacios llamó “desarrollo por despojo”
se cumplió allí paso por paso: primero colonos pobres, luego medianos
propietarios, más tarde capitales ganaderos y, finalmente, paramilitarismo.
Mapiripán pasó de ser frontera agrícola a enclave de violencia, con la masacre
de 1997 como su epílogo sangriento.
Hoy, medio siglo después, la historia de Fidelino sigue vigente porque
Colombia no ha cambiado la ecuación: la periferia sigue siendo funcional al
centro, la riqueza fluye hacia Bogotá y Villavicencio, mientras las comunidades
locales viven en el abandono. La tierra se concentra, los proyectos extractivos
se multiplican y el Estado solo aparece para legalizar lo ya consumado por la
fuerza.
Recordar a Fidelino es recordar que el
progreso colombiano se ha construido sobre cadáveres de colonos, indígenas y
campesinos. Que la selva no fue solo escenario, sino sistema: un engranaje
donde la vida vale menos que la ganancia. Y que mientras sigamos viendo las fronteras
como espacios de saqueo, y no como territorios habitados, seguiremos repitiendo
la misma tragedia: hombres que parten con sueños de futuro y regresan
convertidos en mito, devorados por la vorágine.
“La selva se defiende de sus verdugos y al fin el hombre queda vencido” La Vorágine, p. 131.
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