La situación de Venezuela es un tema sumamente complejo y
lleno de matices, dualidades y opiniones encontradas. Es importante comprender
las raíces del conflicto interno venezolano: no es un conflicto reciente, es
uno que se gestó hace años.
Para explicar un poco este conflicto interno, hay que
entender el cambio que existió dentro del gobierno venezolano en 1992, cuando
llegó Hugo Chávez. Este exmandatario cambió y reformó la situación tanto interna
como externa del país. Internamente, llegó al poder desde un discurso
nacionalista (enfatizando en la identidad del país, sus intereses y su
soberanía), aumentó el gasto público en salud, educación y alimentación;
implementó controles económicos por medio de expropiaciones, más que todo en
empresas petroleras, lo que generó que mejorara la moneda nacional (el
bolívar).
También trajo cambios políticos fundamentales, como una
nueva Constitución Política en 1999, donde promovió la participación ciudadana
por medio de consejos comunales y referendos, además de afianzar la unión
cívico-militar.
Pero este cambio en la estructura política del país puso en
fuerte tensión la relación de Venezuela con Estados Unidos. Pues, aunque se
mantuvo la relación económica petrolera, ya no era su único socio comercial: a
esta relación se sumaron Cuba, con Fidel Castro, así como Rusia y China.
Esta relación se complicó aún más con la muerte de Chávez en
2013 y la llegada de Maduro al poder. Él no siguió de manera clara esta
“política chavista”, pues sin reformas económicas sólidas hacia la industria
petrolera ayudó a que estallara la crisis tras el desplome del precio del
petróleo en 2014. En 2015 y 2016 aumentó la tensión con la rama legislativa
cuando la oposición alcanzó la mayoría parlamentaria; esto trajo
manifestaciones muy violentas dentro del país. En 2017, prácticamente Maduro
adoptó el poder legislativo mediante una Asamblea Constituyente, que fue
disuelta en 2020 tras conversaciones entre el gobierno y la oposición.
Gracias a estas elecciones fue que se comenzó a poner en
tela de juicio la legitimidad de Maduro como presidente, y como opción
constitucional apareció Guaidó como presidente interino. Aunque tuvo el apoyo
de varios gobiernos, no lograron derrocar a Maduro. Este primer paso para
“sacar a Maduro” fue importante porque el gobierno de Estados Unidos (durante
el primer mandato de Trump) aumentó los bloqueos económicos contra Venezuela.
El último intento por derrocar a Maduro de la presidencia
fue en las elecciones de 2024, donde quedó nuevamente en duda su legitimidad.
Este fue, en mi opinión, el punto de quiebre.
Ahora, entrando en los matices, luego de explicar el
conflicto interno venezolano, voy a tratar el papel de Estados Unidos en este
conflicto. Antes de la llegada de Chávez, la relación económica con Venezuela
era muy positiva y, hasta los años noventa, era uno de sus mejores socios
comerciales. Pero la llegada de un gobierno con propuestas socialistas, sumado
a la cercanía con uno de los mayores enemigos de EE. UU., Cuba, con Fidel
Castro a la cabeza, no era una buena combinación para esta relación.
Para nadie es un secreto que el poder de Estados Unidos es
grande. Su papel ha estado muy ligado a cómo se percibe económicamente a
Venezuela. Obama reconoció la situación humanitaria y la catalogó como una
amenaza inusual y extraordinaria, iniciando sanciones económicas. El primer
mandato de Trump endureció estas sanciones y puso la lupa sobre la situación
interna del país. Biden mantuvo los bloqueos e intentó establecer acuerdos,
pues la guerra con Ucrania generó un fuerte desabastecimiento de petróleo para
Estados Unidos. Con la llegada nuevamente de Trump y bajo la excusa del
narcotráfico, comenzó a arrinconar al gobierno de Maduro.
Como lo dije al inicio, este conflicto se gestó hace años,
pero no se puede polarizar de manera simplista como se ha hecho en redes
sociales. La situación de Venezuela ya era insostenible, pero eso no le daba
derecho a Estados Unidos de entrar a un país soberano y legítimo y secuestrar a
su mandatario.
Decir esto tampoco significa apoyar a Maduro, pues era un
presidente ilegítimo para gran parte del pueblo y el causante de una crisis
humanitaria y sanitaria muy fuerte dentro del país.
Es importante replantearse siempre esa propuesta
imperialista estadounidense, donde Trump está repitiendo doctrinas viejísimas
(Monroe, Plan Cóndor, Big Stick, seguridad nacional y destino manifiesto), en
las que se recalca la influencia que tiene este país sobre los países
latinoamericanos. No es de sorprender este comportamiento de Estados Unidos,
pues Trump llegó nuevamente al poder reciclando la frase de la Doctrina Monroe:
“América para los americanos” (MAGA, en sus siglas en inglés).
Dentro de lo que lleva Trump en el poder, ha impulsado políticas
en contra de los migrantes y ha apoyado —y en mi opinión es la principal razón—
el giro de América Latina hacia la derecha y la ultraderecha en recientes
elecciones presidenciales: Milei en Argentina, Rodrigo Paz en Bolivia, Kast en
Chile, Asfura en Honduras, Mulino en Panamá, Jeri en Perú y Bukele en El
Salvador. Todas estas elecciones han sido posteriores a la llegada de Trump al
poder.
Por todos estos argumentos es que digo que este es un
conflicto difícil. Por un lado, está esta “liberación que sienten los
venezolanos” ante la idea de no tener el mandato de Maduro y la posibilidad de
una nueva Venezuela.
Pero no debemos olvidar que Estados Unidos no realiza
acciones tan fuertes bajo la simple excusa de “restablecer la democracia”;
siempre hay una intención de fondo, y ya lo ha demostrado anteriormente en Irak
y Afganistán.
Junto a mi punto anterior está el hecho de que Trump es uno
de los presidentes que ha ejercido una política antiinmigrante demasiado
agresiva como para creer que la libertad concedida fue su principal razón de
intervención en territorio venezolano.
Tercero, aunque en Venezuela ya no se perciba como soberano
en sí mismo el derecho de autodeterminación, internacionalmente sí lo era, y
que Estados Unidos “se lo haya pasado por la faja” es preocupante. Este derecho
internacional permite que los países se gobiernen a sí mismos, y romperlo puede
transformarlo en un obstáculo fácil de saltar cuando potencias como Rusia,
China o Estados Unidos pueden salir ilesas, pues ni la ONU tendría oportunidad
real de intervenir.
Cuarto, este conflicto no solo atenta y pone en tensión a
Venezuela, sino a toda Latinoamérica, pues si se logra intervenir en los
mandatarios de nuestros países, y siendo Estados Unidos el socio comercial más
importante de Sudamérica, esto le da el poder de definir el rumbo de todo el
continente.
El conflicto venezolano no puede entenderse desde una lógica
binaria de buenos y malos. Es el resultado de decisiones internas fallidas,
liderazgos autoritarios y una crisis estructural profunda, pero también de la
intervención constante de una potencia que históricamente ha utilizado la
democracia como discurso y el poder como herramienta. Venezuela no necesitaba
más sanciones ni bloqueos, tampoco una imposición externa disfrazada de salvación.
Necesitaba —y necesita— una salida construida por su propio pueblo. Lo
verdaderamente alarmante no es solo el destino de Venezuela, sino el precedente
que deja para toda América Latina: un escenario donde la soberanía es
negociable y la autodeterminación solo se respeta cuando no contradice los
intereses del poder.
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