Latinoamérica no es la América de los norteamericanos


Escrito por Mariana Ramírez
Investigadora principal de género en la Nota

La situación de Venezuela es un tema sumamente complejo y lleno de matices, dualidades y opiniones encontradas. Es importante comprender las raíces del conflicto interno venezolano: no es un conflicto reciente, es uno que se gestó hace años.

Para explicar un poco este conflicto interno, hay que entender el cambio que existió dentro del gobierno venezolano en 1992, cuando llegó Hugo Chávez. Este exmandatario cambió y reformó la situación tanto interna como externa del país. Internamente, llegó al poder desde un discurso nacionalista (enfatizando en la identidad del país, sus intereses y su soberanía), aumentó el gasto público en salud, educación y alimentación; implementó controles económicos por medio de expropiaciones, más que todo en empresas petroleras, lo que generó que mejorara la moneda nacional (el bolívar).

También trajo cambios políticos fundamentales, como una nueva Constitución Política en 1999, donde promovió la participación ciudadana por medio de consejos comunales y referendos, además de afianzar la unión cívico-militar.

Pero este cambio en la estructura política del país puso en fuerte tensión la relación de Venezuela con Estados Unidos. Pues, aunque se mantuvo la relación económica petrolera, ya no era su único socio comercial: a esta relación se sumaron Cuba, con Fidel Castro, así como Rusia y China.

Esta relación se complicó aún más con la muerte de Chávez en 2013 y la llegada de Maduro al poder. Él no siguió de manera clara esta “política chavista”, pues sin reformas económicas sólidas hacia la industria petrolera ayudó a que estallara la crisis tras el desplome del precio del petróleo en 2014. En 2015 y 2016 aumentó la tensión con la rama legislativa cuando la oposición alcanzó la mayoría parlamentaria; esto trajo manifestaciones muy violentas dentro del país. En 2017, prácticamente Maduro adoptó el poder legislativo mediante una Asamblea Constituyente, que fue disuelta en 2020 tras conversaciones entre el gobierno y la oposición.

Gracias a estas elecciones fue que se comenzó a poner en tela de juicio la legitimidad de Maduro como presidente, y como opción constitucional apareció Guaidó como presidente interino. Aunque tuvo el apoyo de varios gobiernos, no lograron derrocar a Maduro. Este primer paso para “sacar a Maduro” fue importante porque el gobierno de Estados Unidos (durante el primer mandato de Trump) aumentó los bloqueos económicos contra Venezuela.

El último intento por derrocar a Maduro de la presidencia fue en las elecciones de 2024, donde quedó nuevamente en duda su legitimidad. Este fue, en mi opinión, el punto de quiebre.

Ahora, entrando en los matices, luego de explicar el conflicto interno venezolano, voy a tratar el papel de Estados Unidos en este conflicto. Antes de la llegada de Chávez, la relación económica con Venezuela era muy positiva y, hasta los años noventa, era uno de sus mejores socios comerciales. Pero la llegada de un gobierno con propuestas socialistas, sumado a la cercanía con uno de los mayores enemigos de EE. UU., Cuba, con Fidel Castro a la cabeza, no era una buena combinación para esta relación.

Para nadie es un secreto que el poder de Estados Unidos es grande. Su papel ha estado muy ligado a cómo se percibe económicamente a Venezuela. Obama reconoció la situación humanitaria y la catalogó como una amenaza inusual y extraordinaria, iniciando sanciones económicas. El primer mandato de Trump endureció estas sanciones y puso la lupa sobre la situación interna del país. Biden mantuvo los bloqueos e intentó establecer acuerdos, pues la guerra con Ucrania generó un fuerte desabastecimiento de petróleo para Estados Unidos. Con la llegada nuevamente de Trump y bajo la excusa del narcotráfico, comenzó a arrinconar al gobierno de Maduro.

Como lo dije al inicio, este conflicto se gestó hace años, pero no se puede polarizar de manera simplista como se ha hecho en redes sociales. La situación de Venezuela ya era insostenible, pero eso no le daba derecho a Estados Unidos de entrar a un país soberano y legítimo y secuestrar a su mandatario.

Decir esto tampoco significa apoyar a Maduro, pues era un presidente ilegítimo para gran parte del pueblo y el causante de una crisis humanitaria y sanitaria muy fuerte dentro del país.

Es importante replantearse siempre esa propuesta imperialista estadounidense, donde Trump está repitiendo doctrinas viejísimas (Monroe, Plan Cóndor, Big Stick, seguridad nacional y destino manifiesto), en las que se recalca la influencia que tiene este país sobre los países latinoamericanos. No es de sorprender este comportamiento de Estados Unidos, pues Trump llegó nuevamente al poder reciclando la frase de la Doctrina Monroe: “América para los americanos” (MAGA, en sus siglas en inglés).

Dentro de lo que lleva Trump en el poder, ha impulsado políticas en contra de los migrantes y ha apoyado —y en mi opinión es la principal razón— el giro de América Latina hacia la derecha y la ultraderecha en recientes elecciones presidenciales: Milei en Argentina, Rodrigo Paz en Bolivia, Kast en Chile, Asfura en Honduras, Mulino en Panamá, Jeri en Perú y Bukele en El Salvador. Todas estas elecciones han sido posteriores a la llegada de Trump al poder.

Por todos estos argumentos es que digo que este es un conflicto difícil. Por un lado, está esta “liberación que sienten los venezolanos” ante la idea de no tener el mandato de Maduro y la posibilidad de una nueva Venezuela.

Pero no debemos olvidar que Estados Unidos no realiza acciones tan fuertes bajo la simple excusa de “restablecer la democracia”; siempre hay una intención de fondo, y ya lo ha demostrado anteriormente en Irak y Afganistán.

Junto a mi punto anterior está el hecho de que Trump es uno de los presidentes que ha ejercido una política antiinmigrante demasiado agresiva como para creer que la libertad concedida fue su principal razón de intervención en territorio venezolano.

Tercero, aunque en Venezuela ya no se perciba como soberano en sí mismo el derecho de autodeterminación, internacionalmente sí lo era, y que Estados Unidos “se lo haya pasado por la faja” es preocupante. Este derecho internacional permite que los países se gobiernen a sí mismos, y romperlo puede transformarlo en un obstáculo fácil de saltar cuando potencias como Rusia, China o Estados Unidos pueden salir ilesas, pues ni la ONU tendría oportunidad real de intervenir.

Cuarto, este conflicto no solo atenta y pone en tensión a Venezuela, sino a toda Latinoamérica, pues si se logra intervenir en los mandatarios de nuestros países, y siendo Estados Unidos el socio comercial más importante de Sudamérica, esto le da el poder de definir el rumbo de todo el continente.
El conflicto venezolano no puede entenderse desde una lógica binaria de buenos y malos. Es el resultado de decisiones internas fallidas, liderazgos autoritarios y una crisis estructural profunda, pero también de la intervención constante de una potencia que históricamente ha utilizado la democracia como discurso y el poder como herramienta. Venezuela no necesitaba más sanciones ni bloqueos, tampoco una imposición externa disfrazada de salvación. Necesitaba —y necesita— una salida construida por su propio pueblo. Lo verdaderamente alarmante no es solo el destino de Venezuela, sino el precedente que deja para toda América Latina: un escenario donde la soberanía es negociable y la autodeterminación solo se respeta cuando no contradice los intereses del poder.

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