Escrito por Sofia Rojas
Columnista asociada de la Nota
Me parece curioso que alrededor de los
sucesos ocurridos en Venezuela existan tantas opiniones que condenan la
intervención estadounidense “porque es un problema que afecta a la región”,
pero que, al mismo tiempo, evitaron condenar con antelación y firmeza a un
régimen dictatorial que sí afectó directamente a América Latina.
Venezuela era una bomba de tiempo.
Los venezolanos llevamos años advirtiéndolo, pero fuimos ignorados hasta que la
crisis se escaló. La verdadera postura internacional parecía ser no involucrarse
directamente porque “no era su problema”, y aun así, hoy la región ha recibido
a más de 8 millones de venezolanos desplazados forzosamente, según datos de
ACNUR y la OIM.
Esto no es una problemática
nacional, sino internacional. Y ante la globalidad del fenómeno migratorio y
represivo, no se puede responder con indiferencia. Lo que se requiere es
comprensión real, estudio serio y condena explícita a los crímenes de lesa
humanidad que ya estaban siendo documentados mucho antes de la reciente escalada
represiva en Caracas.
Sin embargo, lo que más llama mi
atención son los comentarios que afirman que “la solución debió nacer del
pueblo venezolano” o que “ellos debieron sacar a Maduro por su cuenta”. El
problema con estas afirmaciones es que parten de una premisa falsa: eso ya
se intentó, y se intentó muchas veces. Lo que casi no se discute,
especialmente desde los organismos internacionales y la opinión pública
regional, son las consecuencias de haberlo intentado.
Hablemos del escenario más reciente:
las elecciones presidenciales del 28 de julio del año pasado. Estas no solo
evidenciaron uno de los mayores fraudes electorales documentados en el país
—gracias a la recolección y verificación de actas por parte de la oposición y
organizaciones de la sociedad civil—, sino que además detonaron protestas
masivas, en su mayoría espontáneas, a nivel nacional, como respuesta al
evidente desconocimiento de la voluntad popular.
Y aquí es donde llego al punto
central: responder, con hechos, a la pregunta de “¿por qué no lo hicieron los
venezolanos?”.
Venezuela no solo enfrenta un Estado
profundamente corroído por la corrupción, sino un aparato institucional
diseñado para sostenerla. Las leyes no limitan al poder, lo habilitan; y el
control absoluto sobre los cuerpos de seguridad y las fuerzas armadas garantiza
su permanencia. Estamos frente a uno de los ejemplos más claros de
desequilibrio de poder en la región: los poderes judicial, electoral y
legislativo fueron desmantelados para servir al Ejecutivo. Hoy funcionan como
apéndices del poder presidencial, avalando su dominio tanto en lo jurídico como
en lo material.
Parte fundamental de este sistema de
control social se ejecuta a través de los principales cuerpos represivos del
Estado: la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), la Dirección General de
Contrainteligencia Militar (DGCIM), las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) y
el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). A ellos se suman
grupos civiles armados o parapoliciales conocidos como “colectivos”.
El fenómeno de los colectivos es más
complejo de lo que suele percibirse desde afuera. Se trata de estructuras con
poder territorial, armamento y capacidad de acción equiparable —y en ocasiones
sustitutiva— a la de los cuerpos policiales. Pueden extorsionar, asesinar y
participar en detenciones ilegales de personas que se atrevan, siquiera, a
cuestionar el status quo.
Esto se evidenció con claridad
durante las elecciones mediante la llamada “Operación Tun Tun”: una estrategia
de persecución que combinó acciones de cuerpos de seguridad del Estado,
militares activos y colectivos armados. A través de aplicaciones, listas o
denuncias directas, se señalaba a personas identificadas —o simplemente
sospechadas— como opositoras, para que fueran detenidas. Y efectivamente, se
las llevaban.
¿La consecuencia? Condenas de hasta 25
años de prisión por delitos como “incitación al odio”, “terrorismo” o
“traición a la patria”.
¿El delito real? Subir un estado de
WhatsApp, hablar del tema en público, conversar por teléfono, expresar una
opinión crítica o, simplemente, pensar distinto.
La ciudadanía fue sometida mediante
el miedo: miedo a la cárcel, a la tortura, a la desaparición. Frente a
ese escenario, la única salida posible para millones fue el exilio. No por
falta de voluntad política, sino porque quedarse significaba ser silenciado,
encarcelado o eliminado por un sistema que lleva más de 20 años perfeccionando
su maquinaria represiva.
Entonces, no es que los venezolanos
“no lo hicieron”. Es que hacerlo tuvo —y sigue teniendo— un costo que el mundo
decidió no mirar a tiempo.
Y para cerrar quiero traer una frase
que he estado leyendo últimamente en redes sociales:
“Si
el Derecho Internacional no puede evitar que yo sea torturado en una celda en
el Helicoide, pero sí protege a Maduro para que pueda seguir torturándome en el
Helicoide, el Derecho Internacional no sólo me sirve de nada, sino que me está
jodiendo”.
– Periodista Español Cristian Campos
Fuentes utilizadas
●
Misión Internacional Independiente de
Determinación de los Hechos sobre Venezuela (ONU), informes 2020–2024.
●
Human Rights Watch (2024) - Venezuela:
Represión brutal tras las elecciones.
●
Anatomía de la maquinaria de la represión en
Venezuela – La Silla Vacía.
●
Multiverso Journal; Semantic Scholar (fuentes
académicas sobre autoritarismo y represión estatal).
●
Grupos civiles armados en Venezuela: ¿Actores
de un ‘aparato organizado de poder’?
● Actas electorales verificadas de las
elecciones del 28 de julio del 2025: https://resultadosconvzla.com/
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