Obedecer sin pensar es abandonar la patria


Escrito por Laura Rivera
Columnista de la Nota

En Colombia, se ha ido normalizando una peligrosa indiferencia frente a lo público, una falta de patriotismo que no se expresa solo en la ausencia de símbolos, sino en la apatía cotidiana de los civiles frente a su propio país. Amar a Colombia no es repetir consignas vacías, es también comprometerse con su tierra, su cultura y su talento humano. Colombianos, hay que construir una cultura de participación ciudadana desde la infancia, educar a niños, jóvenes y adolescentes bajo un pensamiento crítico en valores democráticos, no se trata de imponer, al contrario, se busca fomentar el respeto por la diferencia y la importancia de la participación. En esa misma línea, constituimos adultos con participación activa que siembran el futuro de una Colombia más consciente, más justa y verdaderamente democrática.

“Mientras ustedes, los jóvenes, no asuman la dirección de su propio país, nadie va a venir a
salvarlo”, advertía Jaime Garzón, no como una amenaza, sino como un llamado urgente al
despertar colectivo. Amar a Colombia no es solo celebrar sus símbolos o su historia, es
comprender sus realidades sociales, reconocer sus desigualdades y comprometerse
activamente con el cambio.

La participación de los jóvenes en la política es crucial porque son ellos quienes pueden
construir una verdadera conciencia de clase y una conciencia social, que permita entender
que los problemas del país no son individuales, son estructurales. Sin conciencia, la
democracia pierde sentido y se convierte en un simple ejercicio formal, donde unos pocos
deciden y las mayorías obedecen; la democracia se fortalece cuando el pueblo piensa,
debate y participa de manera informada.

Teniendo en cuenta que la política hecha con verdadera conciencia social, no puede
basarse en la ambición personal, sino en el compromiso con el bienestar colectivo y la
justicia social. Colombia necesita ciudadanos capaces de reconocer su lugar en la sociedad, de actuar solidariamente para reducir las brechas que históricamente han marcado al país, porque el poder está en el pueblo y más cuando este es crítico, organizado y consciente de su papel en la historia del país.

Además, puedo percibir en libros como Paranormal Colombia y en el Diario del fin del mundo, Mario Mendoza retrata una sociedad fragmentada, cansada, pero aún capaz de despertar. Él mismo lo plantea con claridad: “Una sociedad logra ser autocrítica y enmendar sus errores más ocultos gracias a aquel que decidió un buen día quedarse por fuera y no seguir el juego.” Esta reflexión nos interpela como ciudadanos: no participar también es una forma de renunciar.

La participación civil es indispensable porque la constitución es el manual de instrucciones de este país, sin ciudadanos que la conozcan, la exijan y la defiendan, se convierte en letra muerta. Jaime Garzón lo entendió con lucidez y valentía, su legado nos recuerda que el pensamiento crítico es un acto de amor por la patria. Ya lo mencionaba Francisco de Paula Santander cuando afirmó: “Colombianos, las armas os han dado la independencia, las leyes
os darán la libertad.” Sin embargo, las leyes sólo pueden cumplir su función si hay una ciudadanía activa que las haga valer, que no se conforme con la injusticia ni con la corrupción normalizada.

En este contexto, la desobediencia consciente se vuelve una virtud cívica. Como señala Mario Mendoza en Diario del fin del mundo: “Solo los desobedientes pueden dudar, reflexionar y resistirse. La desobediencia, en este caso en particular, es un valor, una virtud.” Necesitamos un mejor país y hay que empezar desde nosotros, desde abajo, desde los nadies, si queremos construir algo mejor. Construir patria es leer, cuestionar, participar y crear. Por eso resuena con fuerza el llamado de Inés Mázmella: “Lea, no pa que hablemos sino para que ayude a construir un mejor país.” El amor por Colombia no se proclama: se ejerce todos los días.

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