Del debate a la viralidad: la decadencia del Congreso


Escrito por Milton Jiménez
Columnista principal de la Nota

Desde Riohacha, viendo lo que se viene en las próximas elecciones al Congreso, uno no puede evitar sentir que algo se nos está saliendo de las manos. No es solo que vayamos a elegir nuevos senadores y representantes, es que estamos normalizando una forma de hacer política que cada vez se parece menos a gobernar y más a hacer contenido.

Antes, el Congreso —con todos sus errores— tenía peso. Ahí se daban debates de verdad, se estudiaban los temas y se ponían límites al poder. No es cuento: fue ese Congreso el que evitó que un presidente se quedara eternamente en el cargo, y también el que tuvo senadores como Jorge Enrique Robledo, que se ganaron el respeto no por gritar más duro, sino por llegar preparados, con datos y argumentos.

Robledo cuestionó fuerte al Fiscal General por el caso Odebrecht, pidió explicaciones y denunció posibles conflictos de interés. No lo sacó del cargo, como a veces se dice, pero sí mostró cómo debería funcionar el control político.

Hoy el panorama es otro. La nueva moda es que los influencers quieran ser congresistas. No porque tengan una causa clara o una propuesta seria, sino porque tienen seguidores. Ya no importa tanto saber de leyes o entender cómo funciona el Estado, sino tener buen alcance en redes, decir algo polémico y que el video se haga viral.
El problema no es que usen redes sociales, porque eso ya hace parte de nuestra vida. 

El problema es que la política se esté haciendo solo para el algoritmo. El influencer-candidato no piensa en el país dentro de diez años, piensa en la próxima tendencia. No debate, responde con frases hechas. No construye acuerdos, polariza, porque eso da más vistas.

Eso termina vaciando de sentido al Congreso. Un congresista no está para entretener ni para pelear en redes, está para legislar, hacer control político y representar a la gente. Pero muchos de estos nuevos “líderes” no representan regiones ni comunidades, representan audiencias digitales. Le responden más a sus seguidores que a los ciudadanos.

Desde regiones como La Guajira, esto se siente todavía más grave. Aquí no necesitamos congresistas que vayan a Bogotá a grabar videos, sino personas que entiendan los problemas reales: la falta de agua, la educación, el abandono del Estado. No figuras que vean el Congreso como un escenario más para ganar fama.

Lo mismo se vio cuando aparecieron casi 90 precandidatos presidenciales. Eso no mostró una democracia fuerte, mostró una idea peligrosa: que cualquiera cree que puede gobernar, que la política es fácil y que la experiencia no vale. Como si dirigir un país fuera lo mismo que opinar desde un celular.

Yo tengo 17 años y todavía no voto, pero sí observo. Y lo que veo es que estamos cambiando el debate por el show, la preparación por la fama y la política por el espectáculo. Un Congreso lleno de influencers puede llamar la atención, pero difícilmente va a resolver los problemas del país.

La pregunta final es sencilla, pero incómoda: ¿queremos un Congreso que piense en Colombia o uno que piense en volverse viral? Porque si seguimos confundiendo popularidad con liderazgo, la decadencia del Congreso no será una opinión, será una realidad.

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