Vi la posesión de Abelardo de la Espriella de principio a fin, y antes de entrar en materia quiero dejar dos cosas claras, porque a un columnista también hay que exigirle transparencia.
La primera: el mismo día de la posesión, en Barranquilla, la oposición hizo un plantón liderado por Iván Cepeda. Lo apoyo sin reservas. Hacerle oposición a cualquier gobierno —sea del signo que sea— es legítimo y está amparado por la Constitución. Un país que empieza a ver con sospecha a quien protesta el primer día de un nuevo gobierno es un país que ya perdió algo importante. Dejo aquí el video de ese plantón para quien quiera verlo con sus propios ojos:
La segunda: voy a tratar de ser imparcial en este análisis, aunque no voy a fingir que soy neutral. En columnas anteriores he cantado mis votos con claridad, como en esta y en esta. Lo digo para que nadie se sorprenda si en algunos puntos mi crítica es más dura que en otros. Dicho esto, vamos al discurso, de lo que para mí es más importante a lo que es más anecdótico.
— El orden por la fuerza: "defensores de la patria" y el blindaje al brazo armado
Lo primero y más importante del discurso fue el anuncio de blindar jurídicamente a la Fuerza Pública para que pueda "actuar como debe". De la Espriella se declaró "defensor de la patria" e impartió la orden de ir de frente contra los grupos armados del país. Ahí me detengo en un detalle que a mí me pareció revelador y que casi nadie comentó: cuando dijo textualmente "los invito a que nos constituyamos como defensores de la patria", no estaba usando una frase suelta. Ese es, precisamente, el nombre de su movimiento político. No creo que haya sido casualidad. Fue, a mi juicio, una invitación disfrazada de consigna patriótica: únanse a mi movimiento, aunque lo diga con otras palabras. Es un recurso retórico eficaz, lo reconozco, pero también es una forma sutil de borrar la línea entre Estado y partido desde el primer discurso.
Y sobre el fondo del anuncio —blindar al "brazo armado"— mi pregunta sigue siendo la misma que me hice viendo el discurso en vivo: ¿blindar para actuar dentro de la ley, o blindar para actuar sin que la ley estorbe? Colombia ya conoció épocas en las que esa ambigüedad terminó costando vidas de civiles. No dudo del diagnóstico de fondo, pero la palabra "blindaje" aplicada a quien porta un arma del Estado me genera más preguntas que tranquilidad.
— La JEP: el primer golpe blando fue no invitarlos
Para mí, el primer golpe que Abelardo le dio a la Jurisdicción Especial para la Paz no fue una frase del discurso, sino un gesto anterior: no invitar al presidente de esa jurisdicción a la posesión. Eso, antes de que pronunciara una sola palabra, ya mandaba un mensaje. Y luego, en el discurso, lo remató: dijo que la JEP era un "tribunal de impunidad" y que el diálogo con esa jurisdicción se había acabado.
Ahí estoy en desacuerdo, y lo digo con conocimiento de causa. La justicia transicional en Colombia ha sido lenta, imperfecta y ha decepcionado a muchas víctimas, no lo voy a negar. Pero ha mostrado resultados, pocos, sí, pero los ha mostrado: reconocimientos de responsabilidad de excomandantes de las FARC, sanciones restaurativas en marcha, verdades que sin ese tribunal probablemente nunca habrían salido a la luz. Cerrar el diálogo de tajo, sin matices, me parece un error de fondo.
Y sobre la frase que más repitió —"se construyó en contra del mandato popular"—, en referencia al triunfo del NO en el plebiscito de 2016: hay que decir la historia completa. El expresidente Santos, tras perder ese plebiscito, no ignoró el resultado: renegoció el acuerdo, le hizo ajustes —"arreglitos", los llamo yo sin ánimo despectivo pero sí crítico— y lo sacó adelante por la vía del Congreso, que es un mecanismo tan constitucional como el plebiscito mismo. Decir que la JEP nació "en contra del mandato popular" es una simplificación que ignora ese trámite legislativo. Es un argumento efectivo para la tribuna, pero incompleto para el análisis serio.
— Comparto el diagnóstico de seguridad, no comparto la cura
Abelardo atacó, con razón, uno de los grandes lunares del gobierno de Petro: la seguridad. En eso estoy de acuerdo con él. El deterioro del orden público en los últimos años es innegable y cualquier análisis honesto tiene que reconocerlo. Pero comparto el diagnóstico, no comparto la cura.
Ya lo he dicho en otros análisis para La Nota Política, como este:
Le guste o no le guste a Abelardo, va a tener contrapesos. Y espero, sinceramente, que la Corte Constitucional sea uno de ellos. Me refiero puntualmente a dos cosas que su discurso deja entrever: la erradicación forzada de cultivos ilícitos por aspersión aérea, una herramienta que la propia Corte ya ha limitado y condicionado ampliamente en fallos anteriores por sus riesgos para la salud y el medio ambiente; y la cadena perpetua, una figura que en la jurisprudencia constitucional colombiana ya carga con un manto amplio de ilegitimidad, precisamente por los límites que la Corte le ha puesto a las penas que no contemplan resocialización. Anunciar estas medidas en un discurso es fácil; que sobrevivan el control constitucional es otra historia.
— Cárceles y extradición: la promesa fácil de decir
En esa misma línea, anunció megacárceles y una política de extradición que, según dijo, se ajustará a la Constitución con "químicos modernos", una frase que dejó abierta y que a mí, lejos de tranquilizarme, me generó más preguntas. Construir cárceles nuevas suena a solución de fondo, pero la evidencia comparada en la región muestra que más cupos carcelarios rara vez resuelven, por sí solos, un problema de criminalidad que tiene raíces sociales y económicas mucho más profundas. Es una promesa fácil de pronunciar en un discurso y mucho más difícil de sostener con resultados en cuatro años.
— Recursos naturales sí, fracking no
Estoy de acuerdo con Abelardo cuando dice que "ningún país debe renunciar a sus recursos naturales". En ese punto no tengo reparo: ningún país rico en recursos debería sentir vergüenza de aprovecharlos con responsabilidad. Pero mi acuerdo se detiene ahí. No comparto que el fracking sea la herramienta con la que debamos conseguir esos recursos, y mucho menos en el segundo país más biodiverso del planeta. Hablar de "seguridad energética" sin mencionar el costo ambiental de la técnica que probablemente se use para lograrla me parece, como mínimo, una omisión demasiado conveniente.
— La Constitución "debajo del brazo": la Constituyente que dice no convocar
De la Espriella ha repetido, en varias ocasiones, que no convocará a una Asamblea Nacional Constituyente y que gobernará con la Constitución "debajo del brazo". Suena bien dicho desde una tarima. El problema es que esa frase la dice de dientes para afuera: desde otros espacios, fuera del libreto oficial, la ha contradicho él mismo. No es lo mismo prometer respeto irrestricto a la Constitución en un discurso de posesión que sostener esa promesa cuando las cámaras no están encendidas. Ojalá me equivoque y esta sea la excepción.
— La batalla cultural: Dios, valores y los silencios que también hablan
Ya entrado el discurso, después de más de una hora hablando, llegó a lo que llamó "batalla cultural". Dijo textualmente que "no se permitirá que se siga ridiculizando la creencia en Dios" y que "una sociedad que se respete a sí misma debe respetar sus valores fundacionales". Para mí, y lo digo sin medias tintas, eso es peligroso. Peligroso para las minorías de este país y peligroso para quienes, como yo, creemos en la laicidad del Estado colombiano. Un presidente puede ser creyente, puede practicar su fe con total libertad, pero cuando empieza a hablar de "permitir" o "no permitir" lo que se puede decir sobre la religión, está pisando un terreno que no le corresponde al Estado.
Y a esto le sumo dos silencios que para mí pesan tanto como lo que sí dijo: en más de una hora de discurso no mencionó ni una sola vez a las comunidades LGBTI. Y cuando habló de mujeres y niños, lo hizo con ese tono grandilocuente, masculino y varonil al que ya nos tiene acostumbrados. No hay una sola grieta de sensibilidad distinta en su forma de nombrar a esos sectores. Para mí, esa combinación de silencio deliberado y tono impostado es una señal clara de hacia dónde no va a mirar este gobierno.
— Ecopetrol y la seguridad energética
Aseguró que Ecopetrol fue "depredada" y que recuperarla es imperativo. Es un mensaje directo a los sectores petroleros y una ruptura evidente con la política de transición energética del gobierno saliente. Coincide, además, con el punto anterior sobre recursos naturales: la pregunta que me queda es si "recuperar" a Ecopetrol significa fortalecerla técnicamente y con visión de largo plazo, o simplemente reorientarla hacia más extracción sin control ambiental, incluido el fracking que ya mencioné.
— Escudo de las Américas y el giro hacia Washington
Anunció que suscribirá el Escudo de las Américas y que buscará fortalecer el TLC. Es un alineamiento sin ambages con Washington, en contraste total con la política exterior más latinoamericanista del gobierno de Petro. Y ese giro ya no es solo discurso: horas después de la posesión, Estados Unidos anunció una destinación de mil millones de dólares para Colombia bajo esta nueva administración. Es una apuesta geopolítica de fondo que va a marcar buena parte de los próximos cuatro años, para bien o para mal.
— La paradoja económica: un Keynes sin nombre
Me llamó la atención, y lo anoto porque me pareció una contradicción interesante, que el mismo presidente que construyó su campaña sobre mano dura y conservadurismo terminó defendiendo, sin nombrarlo, uno de los pilares del pensamiento económico que sus propios aliados suelen atacar: la idea de que las obras públicas reactivan la economía y generan empleo. Es, en la práctica, keynesianismo puro sin la etiqueta. No es necesariamente contradictorio —muchos gobiernos de derecha en el mundo han recurrido a la obra pública como motor electoral—, pero sí me confirma que este no va a ser un gobierno de libre mercado a ultranza, al menos no en el discurso.
— Puntos estéticos: el show que fue la posesión
Y dejo para el final lo que menos pesa en términos de política pública, pero que a mí, como espectador, no me pasó desapercibido. Abelardo criticó durante años las llegadas tarde de Petro a sus eventos. Hoy él mismo se posesionó casi una hora y treinta minutos tarde. La hipocresía, cuando es tan evidente, también merece anotarse.
Se desenvuelve muy bien a las escondidas: cuando se apagaron las luces del escenario para dar paso al momento religioso, simplemente se escabulló y se fue, dejando a todo el mundo —jefes de Estado, invitados, y el país entero— viéndolo por televisión. Me pareció un gesto grosero, no solo con los asistentes, sino con la investidura misma del cargo que estaba recibiendo.
Lo que más me molestó, sin embargo, fue otra cosa: dejar a los soldados, policías y demás personal del Batallón Pichincha, en Cali, de pie durante casi dos horas de discurso. Un gesto simbólico, sí, pero también uno que revela poca consideración por quienes precisamente estaba llamando a defender la patria con él.
Y para cerrar con una imagen que se me quedó grabada: en un momento la cámara mostró un grupete de no más de treinta personas aplaudiendo lo que decía. En un discurso que se vendió como un evento multitudinario y patriótico, esa imagen contrasta, y contrasta feo.
— Mi balance
Cierro siendo honesto conmigo mismo y con quien lea esto: esta es mi lectura, cargada de mis propias posiciones, y no pretendo que sea la única válida. Quien votó por Abelardo de la Espriella probablemente escuchó exactamente lo que esperaba escuchar. Pero como análisis mío, lo que me deja este discurso es un mapa completo de hacia dónde va este gobierno: seguridad dura sin suficientes contrapesos claros, ruptura unilateral con la JEP, una agenda de valores que deja por fuera a minorías enteras, un giro geopolítico hacia Washington, y una economía que, en el fondo, no es tan de derecha como su retórica. El tigre llegó tarde, se escabulló a mitad de la ceremonia religiosa, dejó a sus propios soldados de pie durante casi dos horas, y terminó hablando ante un grupete de treinta personas. Para mí, esa es, en el fondo, la imagen que mejor resume el gobierno que se viene.
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