En el debate político colombiano, pocas figuras generan tanta polarización como Abelardo. Desde una perspectiva nacionalista —no la del chovinismo vacío, sino la de la defensa de la soberanía, la institucionalidad y el tejido social—, resulta preocupante analizar dos aspectos clave de su perfil: su intolerancia hacia la crítica y su alineamiento acrítico con Estados Unidos. Ambos, lejos de ser virtudes de un líder fuerte, representan riesgos concretos para la estabilidad democrática y la autonomía de Colombia.
Un gobernante que no tolera la crítica no es un líder firme; es un administrador del miedo. Abelardo ha mostrado, en repetidas ocasiones, una reacción desproporcionada ante quienes cuestionan sus decisiones. Desde insultos en redes sociales hasta amenazas veladas contra periodistas y opositores, su conducta revela una incapacidad para procesar la disidencia como parte inherente de la democracia.
Para un nacionalista auténtico, la crítica no es un enemigo, sino un termómetro de la salud republicana. Un país que aspira a ser soberano necesita voces que fiscalicen, que pregunten, que incomoden. La intolerancia de Abelardo no solo silencia a sus críticos, sino que erosiona la confianza en las instituciones. Cuando un gobernante etiqueta a todo aquel que lo cuestiona como "enemigo de la patria", está sembrando el germen del autoritarismo. Y en Colombia, donde la memoria del conflicto armado y la violencia política aún está fresca, ese camino es una puerta abierta a la fractura social.
El segundo punto es aún más delicado desde una óptica nacionalista: la sumisión acrítica a Estados Unidos. Abelardo ha construido su discurso en torno a una alianza estratégica con Washington, pero en la práctica ha caído en lo que muchos llamarían "cipayismo": la defensa de los intereses extranjeros por encima de los nacionales, a cambio de beneficios personales o de grupo.
No se trata de negar la importancia de las relaciones bilaterales. Colombia necesita socios globales. Pero un nacionalista responsable exige que esas relaciones sean simétricas, respetuosas y, sobre todo, beneficiosas para el pueblo colombiano. Lo que vemos en Abelardo es una entrega de soberanía disfrazada de "modernización": bases militares sin contraprestaciones claras, políticas económicas dictadas desde el norte, y una renuncia tácita a liderar una política exterior independiente.
El peligro es evidente: un gobernante que prioriza los intereses de una potencia extranjera sobre los de su propia nación no es un estadista, es un administrador colonial. Y en un país como Colombia, con una historia de dependencia y desigualdad estructural, ese modelo solo profundiza la brecha entre una élite beneficiada y un pueblo que paga los costos.
Un verdadero nacionalista no busca un líder que grite más fuerte, sino uno que escuche mejor. No necesita un gobernante que se arrodille ante potencias extranjeras, sino uno que negocie con dignidad. Abelardo, con su intolerancia y su cipayismo, representa el peor de los mundos: un autoritarismo blando que debilita la democracia desde dentro, mientras entrega las llaves del país al exterior.
Colombia merece un liderazgo que defienda su soberanía sin caer en la paranoia, que acepte la crítica sin perseguir al crítico, y que construya alianzas internacionales sin hipotecar el futuro. Mientras Abelardo no entienda esto, será, objetivamente, un peligro para la nación.
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