Después de cada elección ocurre el mismo fenómeno: los candidatos desaparecen, las campañas se desmontan y el debate político cambia de tema. Sin embargo, una pregunta sigue sin respuesta: ¿qué pasa con quienes votaron buscando una opción de centro? Aunque miles de colombianos continúan apostándole a una alternativa distinta a la polarización e incluso muchos terminan refugiándose en el voto en blanco cuando no la encuentran, ese electorado sigue sin encontrar un proyecto político que lo represente más allá de una campaña electoral.
Y no, el problema no es que el centro no tenga votantes. Los números demuestran lo contrario. En la primera vuelta presidencial de 2022, Sergio Fajardo obtuvo 888.585 votos (4,20%). En 2026 alcanzó 1.009.073 votos (4,26%) y, ese mismo año, Juan Daniel Oviedo reunió 1.255.510 votos en la Gran Consulta por Colombia, presentándose como una alternativa de centro. Las cifras muestran que existe un electorado dispuesto a respaldar ese espacio político. Lo que sigue sin consolidarse es un liderazgo y un proyecto capaces de representarlo más allá de una campaña electoral.
Durante años se nos ha dicho que el centro es el equilibrio entre dos extremos, el espacio del diálogo y la moderación. Pero después de las elecciones de 2022 y 2026 vale la pena hacerse una pregunta más profunda: ¿existe realmente un proyecto político de centro en Colombia o solo existen candidatos que se presentan como moderados?
La derecha tiene un relato. Defiende la empresa privada, el crecimiento económico y una visión determinada del Estado. La izquierda también tiene el suyo. Habla de justicia social, derechos laborales, protección del territorio y redistribución de oportunidades.
¿Y el centro?
Con demasiada frecuencia, el centro solo tiene candidatos. Y quizá ahí está la raíz del problema: esta corriente política todavía no ha logrado definir con claridad qué principios lo convierten en centro. Mientras esa identidad siga siendo difusa, cualquier candidato podrá autodenominarse de centro y cada ciudadano terminará teniendo una definición distinta de lo que esa palabra significa.
Por eso creo que el verdadero problema no es la ausencia de votantes. En Colombia no existe una crisis de votantes de centro; existe una crisis de dirigentes que utilizan la palabra "centro" sin construir un verdadero proyecto político. Hay ciudadanos que buscan una opción política independiente, capaz de dialogar con distintos sectores y de ejercer control sin importar quién gobierne. Lo que no encuentran es una organización que sobreviva a la figura de un candidato. Y ese vacío tiene consecuencias.
Durante años, Sergio Fajardo fue considerado por muchos como el principal referente del centro político colombiano. Precisamente por eso una parte importante de sus electores esperaba una posición clara frente a las decisiones que definirían el rumbo del país. Sin embargo, en 2022 como en 2026 muchos percibieron que esa orientación nunca llegó. No se trata de exigir que un dirigente apoye obligatoriamente a un candidato, se trata de entender que quien representa un proyecto político también representa las expectativas de quienes depositaron en él su confianza.
Porque el silencio termina convirtiéndose en una respuesta más importante.
La independencia política nunca debería confundirse con ausencia. Liderar también significa explicar decisiones, orientar a quienes confiaron en ese proyecto y asumir posiciones cuando el país atraviesa momentos decisivos. De lo contrario, el electorado termina caminando solo.
El caso de Juan Daniel Oviedo refleja otra cara del mismo problema: muchos ciudadanos lo respaldaron porque lo percibían como una figura técnica, moderada e independiente. Sin embargo, cuando aceptó integrar la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, una parte de esos votantes sintió que aquella imagen había cambiado. El debate que dejó esa alianza fue más allá de un nombre propio: ¿cambió el candidato o nunca estuvieron claros los límites de lo que entendemos por centro político? La campaña logró proyectar una imagen distinta de la que algunos críticos asociaban con el proyecto político que venía manejando, lo que abrió un debate sobre si el proyecto representaba realmente una alternativa de centro o si respondía a una estrategia política diferente. Más allá de compartir o no esa percepción, el resultado fue evidente: muchos electores volvieron a preguntarse quién representaba realmente al centro.
Y ahí está el verdadero problema.
Reducir este debate a Fajardo u Oviedo sería un error. Ellos no son el problema; son el reflejo de una dificultad mucho más profunda: este sector político sigue dependiendo de personas y no de instituciones. Cuando el candidato cambia de rumbo, guarda silencio o desaparece del debate público, el proyecto entero parece desaparecer con él.
También se refleja en los partidos que dicen representar esta corriente política. Dignidad y Compromiso es uno de esos casos; aunque se define como un partido de centro, para muchos de sus propios votantes algunas alianzas —como la de Ahora Colombia— y posiciones políticas que se suelen ver más alineadas con una agenda un poco más de derecha han hecho difícil diferenciarlo de sectores de centro-derecha. Y ahí aparece el verdadero problema: cuando ni siquiera quienes buscan una opción de centro logran identificar qué representa el centro, el proyecto deja de construirse alrededor de unas ideas y vuelve a depender de las personas. Quizá el mayor problema del centro colombiano no es que los demás no sepan qué representa, es que esta corriente todavía no ha logrado definirlo.
Eso explica por qué cada elección vuelve a dejar la misma sensación de incertidumbre entre quienes se identifican con ese sector político. Tal vez este sector político también necesita hacer un ejercicio de autocrítica. Durante años señaló la polarización del país, pero pocas veces explicó por qué no logró consolidarse como la alternativa que prometía representar.
Hoy aparecen nuevas iniciativas que buscan llenar ese vacío. El influencer Rafa Solano ha planteado la creación de un partido de centro y ha manifestado su intención de impulsar candidaturas en territorios donde históricamente esa corriente no ha tenido representación. La propuesta abre una conversación necesaria, pero también plantea preguntas inevitables.
¿Cómo se define quién es realmente de centro? ¿Cuál será la doctrina que unirá a ese partido? ¿Qué principios compartirán sus candidatos? ¿Cómo se garantizará que, una vez elegidos, continúen representando ese proyecto político y que no simplemente sea una estrategia electoral?
Porque crear un partido político no consiste únicamente en conseguir curules. Crear un partido significa construir principios, doctrina, una agenda programática, líderes preparados, cuadros políticos, trabajo permanente en los territorios y propuestas que sobrevivan incluso cuando no hay elecciones, significa demostrar con hechos que existe una forma distinta de hacer política.
De lo contrario, el centro seguirá siendo un espacio donde caben todos durante la campaña y nadie después de las elecciones. Y esa ausencia de identidad termina generando desconfianza. Mientras la derecha ha consolidado una relación histórica con sectores empresariales y económicos, y la izquierda ha construido una narrativa alrededor de los trabajadores, la justicia social y la defensa del territorio, esta alternativa política aún no logra demostrar cuál es su proyecto de país más allá de un discurso de moderación.
Los ciudadanos no solo necesitan escuchar que existe una alternativa. Necesitan verla funcionando. Necesitan propuestas, trabajo territorial, posiciones claras y resultados concretos. En política, las ideas se sostienen con hechos, no únicamente con discursos.
Por eso el futuro del centro no dependerá únicamente de encontrar un nuevo candidato. Dependerá de construir una identidad política capaz de sobrevivir a sus líderes. Bogotá puede convertirse en un escenario interesante para ese reto. En las elecciones presidenciales de 2026, más de cuatro millones de bogotanos acudieron a las urnas y ninguna fuerza política logró concentrar por sí sola el respaldo mayoritario de la ciudad, reflejando un electorado diverso y dispuesto a reconsiderar sus opciones en cada elección. Ese escenario abre una oportunidad para una alternativa de centro, siempre que deje de depender exclusivamente de figuras individuales y empiece a construir un proyecto político reconocible, con liderazgo permanente y presencia en el territorio.
Pero para lograrlo deberá abandonar una práctica que durante años le ha costado credibilidad: creer que la moderación consiste en permanecer en silencio. Porque la calma ante la dificultad del otro también puede convertirse en la opinión más peligrosa.
Un verdadero centro no consiste en quedarse callado para no incomodar a nadie. Consiste en tener la independencia suficiente para respaldar las buenas decisiones, cuestionar las equivocadas y ejercer control político sin importar si gobierna la izquierda o la derecha.
El gran huérfano de estas elecciones no fue un candidato. Fueron los miles de colombianos que siguen buscando un verdadero proyecto de centro y que, una vez más, terminaron sin una voz que los represente cuando la campaña llega a su fin. Porque mientras esta corriente política no defina sus principios, construya liderazgos y aprenda a hablar con claridad en los momentos decisivos, seguirá siendo un espacio donde cualquiera puede decir que pertenece, pero donde pocos logran sentirse realmente representados, y ese es más que un desafío electoral: es el verdadero reto que hoy tiene el centro colombiano.
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