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Chocó no necesita resiliencia, necesita Estado

La memoria como resistencia: lo que el Estado nunca construyó en el Chocó — La Nota Política

Mi abuela contaba las mismas historias todos los años, casi con las mismas palabras. Yo, de niña, pensaba que era simple costumbre de vieja. Hoy entiendo que era otra cosa, una forma de resistir. Cada vez que nombraba el río, la casa que dejamos, los nombres de quienes ya no estaban, construía algo que ningún programa de gobierno ha logrado en el Chocó: continuidad.

Hace apenas unas semanas, el departamento volvió a los titulares por una nueva escalada de violencia: decenas de hechos armados en pocos días, comunidades confinadas, familias sin poder salir a buscar comida o atención médica. La noticia genera indignación por un par de días y luego desaparece del radar. Y el dato lo confirma: según el DANE, Quibdó cerró 2025 con una pobreza monetaria del 61,7%, la más alta entre las capitales del país, casi el doble del promedio nacional. Mientras tanto, en año electoral, los candidatos hablan de seguridad, economía, reformas, y el Chocó, una vez más, casi no aparece. Es el patrón de siempre: la región entra al debate público solo con una tragedia que contar, y sale de él en cuanto deja de ser noticia.

Esta no es una novedad, es la repetición de una historia que mi abuela ya conocía de memoria, literalmente. Ahí está lo que quiero plantear: en un territorio donde las instituciones han fallado de manera sostenida durante generaciones, la memoria familiar y comunitaria no es nostalgia; es infraestructura; es, me atrevo a decir, un acto político.

Cuando el Estado no garantiza salud, educación o seguridad de manera constante, alguien tiene que sostener lo que las instituciones dejan caer. En el Chocó, ese sostén ha sido la comunidad misma: las historias que se cuentan en la cocina, los nombres que se repiten en los velorios, los mapas mentales de un río que ya no es solo geografía, sino identidad. No hay política pública que reemplace eso, y quizás por eso el abandono ha podido sostenerse tanto tiempo sin colapsar del todo el tejido social: porque ese tejido lo tejen las familias, no el Estado.

Pero llamar a esto "resiliencia", como se hace tantas veces desde afuera, es también una forma cómoda de mirar para otro lado. La resiliencia no debería ser la respuesta esperada a un abandono estructural; aplaudir la capacidad de una comunidad para sobrevivir sin lo básico normaliza que sobrevivir sin lo básico sea lo normal; la memoria como resistencia no debería ser necesaria; es necesaria porque el Estado no ha hecho su parte.

Vale la pena detenerse en esa diferencia, no estamos ante una comunidad admirable solo porque resiste; estamos ante una comunidad que ha tenido que gestionar herramientas propias, tales como la palabra, el relato compartido, la transmisión oral, para hacer el trabajo que le correspondía a las instituciones. Ese esfuerzo tiene un costo que rara vez se contabiliza: la carga de ser, a la vez, víctima de un abandono y guardiana de la memoria que ese abandono intenta borrar.

Por eso me parece urgente decirlo de otra forma: recordar, en el Chocó, no es mirar hacia atrás; es negarse a desaparecer del mapa nacional. Cada historia que una abuela transmite a su nieta dice "esto existió, esto importa, esto no se puede borrar". En un país que ha tendido a borrar precisamente lo que no le conviene mirar de frente, la memoria oral se ha convertido, casi sin proponérselo, en el archivo que el Estado nunca construyó: censos informales de quiénes somos, de dónde venimos, qué hemos perdido y qué seguimos defendiendo.

Esto tiene una implicación política concreta: si la memoria comunitaria ha sido la infraestructura que ha sostenido a estos territorios, cualquier política pública para el Chocó y regiones similares debería empezar por reconocer y fortalecer esas redes existentes, en lugar de tratarlas como folclore o anécdota. No se trata solo de construir carreteras u hospitales, que también hacen falta con urgencia, sino de entender que reconstruir el vínculo entre Estado y territorio pasa por escuchar primero lo que esas comunidades ya saben sobre sí mismas.

Mi abuela ya no está para repetir sus historias; pero yo las repito, con mis propias palabras, en este texto. No porque sea un ejercicio literario, sino porque escribir esto también es un acto de memoria. Y mientras el país siga discutiendo el futuro sin mirar de frente estas regiones, la memoria seguirá siendo, para el Chocó, no un lujo del pasado, sino la última línea de defensa del presente.

Quién escribe esta nota
Aillin Viviana Pino Murillo
AILLIN VIVIANA PINO MURILLO
Columnista de la convocatoria de La Nota

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