El diálogo que no se da: Habermas en estas elecciones presidenciales


"Alcanzar y comprender es el proceso de lograr un acuerdo sobre la base presupuesta de reclamos de validez que se reconocen mutuamente."- Jürgen Habermas

Esta frase condensa la apuesta por una democracia que nace del diálogo, el reconocimiento por el otro y sus argumentos. Su autor, Jürgen Habermas, sociólogo, filósofo y representante de la Escuela de Frankfurt falleció el pasado 14 de marzo a los 96 años en Starnberg, Alemania. Entre sus textos más reconocidos se encuentra la Teoría de la Acción comunicativa (1981), libro con ideas que sirven como brújula para entender hoy el mapa electoral que vivimos en estos tiempos de campaña.

A lo largo del libro se desarrollan, entre otras ideas fundamentales, varios tipos de acción (la instrumental, la estratégica, la normativa, la dramatúrgica y la comunicativa), de las cuales se pueden usar principalmente dos como herramientas para comprender las dinámicas políticas en Colombia. En primer lugar, la acción comunicativa, aquella que pretende alcanzar el entendimiento hablado, en donde se debe estar dispuesto a debatir e incluso a ceder ante un mejor argumento, pues es este finalmente el factor que le da legitimidad a una idea y, por lo tanto, a quien la representa. Por otra parte, la "acción estratégica", es aquella que ejerce un sujeto sobre otro y está orientada principalmente por el éxito de fines subjetivos e intereses particulares.

Si bien, no necesariamente son excluyentes y en la modernidad se pueden mezclar y coexistir, en Colombia el espacio para una deliberación racional es reducido. La propuesta de la acción comunicativa para construir una idea de país y materializarla es olímpicamente aplastada por los intereses de la acción estratégica. Esto se hace evidente durante estas épocas electorales en donde se ven campañas de eslóganes y no de argumentos; en las cuales se pretende vencer al adversario atacando a la persona y no a sus ideas; en donde desde las redes sociales se agudiza la polarización que aqueja el país. Con estas características las campañas tienden a reforzar la idea de que existe una diferencia irreconciliable entre un “nosotros” y “esos otros”, lo que impide hacer realidad la idea de construir colectivamente a partir de acuerdos que busquen lo mejor para el país.

Para una democracia deliberativa real, como la que propone Habermas, es necesario tener en cuenta varios aspectos. En primer lugar, debe existir una pluralidad en donde todos los sectores puedan participar sin temor, una tarea difícil pero necesaria en un país como Colombia, que es profundamente desigual y ha sido atravesado por un conflicto armado prolongado. Esto implica reconocer al otro y crear relaciones simétricas y horizontales.

A su vez, es importante entender y llevar a cabo el concepto de “pretensión de validez” que el filósofo propone. Esta se refiere a los puntos que se pueden cuestionar en un discurso y se resume en tres preguntas: ¿el contenido de la afirmación es verdadero?, ¿es correcto o justo? Es decir, ¿está dentro del acuerdo mutuo sobre las normas y valores que consideramos validos?  Y finalmente ¿es sincero? ¿el interlocutor es auténtico? Con estas preguntas en mente podemos analizar y leer de forma crítica los diferentes programas de gobierno de aquellos que aspiran llegar a la presidencia de Colombia, tomando acción como agentes e interlocutores políticos y no simples actores pasivos.

Las ideas de Habermas parecen una utopía en un país en donde la política ha actuado desde sus inicios de forma estratégica, guiada por intereses privados, llena de corrupción y con servidores públicos que esperan ser servidos por el público y no al revés. Sin embargo, las elecciones de este año son una oportunidad para preguntarnos ¿Qué tipo de país queremos? Sin nuestra participación en el ámbito político, que se puede construir desde los espacios cotidianos e informales hasta llegar a las urnas, el debate público se empobrece y como resultado los ciudadanos se convierten en objetivos de un juego de tiro al blanco de campañas que pretenden mover emociones para ganar votos, lo cual nos niega la oportunidad de un voto informado y objetivo.

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