Con la confirmación oficial de la adquisición de las 17 aeronaves a la empresa sueca Saab por 16.5 billones de pesos, ya es, oficialmente, una de las inversiones militares más grandes en la historia reciente de Colombia.
Es casi igual al costo del Metro de Bogotá, pero mientras el metro transformaría la movilidad y vida diaria de millones, estos aviones están pensados para defender una nación que, paradójicamente, lleva décadas intentando resolver su conflicto armado por medio del diálogo.
En ese contexto, no puedo evitar preguntarme si esta decisión es una muestra de fortaleza del Estado o el síntoma silencioso de que la “paz total” del presidente no está resultando como se prometió. Porque, aunque Petro aseguró que estas aeronaves harán parte de una “fuerza pública independiente”, lo cierto es que este movimiento tiene una carga política muy profunda.
Primero, porque rompe con la tradición de adquirir armamento principalmente estadounidense y, segundo, porque se da justo después de que el presidente insinuara la posibilidad de alejarse de la OTAN, al menos como aliado militar estratégico.
Durante el evento, una maqueta del modelo adquirido —casi como si Colombia estuviera comprando un carro de muestra en una feria automotriz— simbolizaba la compra futura.
Saab, la empresa sueca seleccionada, estuvo presente con su delegación y su ministro de Relaciones Exteriores dio unas palabras. El mensaje era claro: esta no era solo una compra militar, sino una jugada diplomática.
Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue la narrativa con la que Petro intentó justificar la decisión. Dijo que Colombia necesita disuasión interna y externa. Habló de la violencia como un ciclo histórico del que no hemos logrado salir. Y tiene razón: Colombia gira, una y otra vez, entre intentos de paz y nuevas formas de guerra. Pero cuando escucho esa argumentación en boca de un presidente que, durante campaña, repetía con convicción que se debía invertir menos en armas y más en educación, no puedo ignorar la contradicción.
Es cierto que este gobierno ha invertido en educación, pero no con la contundencia transformadora que se insinuó en la campaña. Y ahora, además, decide embarcar al país en una deuda que será asumida principalmente por los próximos gobiernos. Es curioso cómo la política cambia de tono cuando deja de ser promesa electoral y se convierte en gestión de Estado.
Por otro lado, Petro también afirmó que “para las naciones pobres no es fácil incluir armas en la lista”. Y aunque su frase pretende ser una muestra de responsabilidad, en realidad confirma la ironía: si no es fácil, ¿por qué se hace? ¿Acaso Colombia, con su deuda, su desigualdad, su crisis ambiental, su rezago regional y su urgencia social, puede permitirse priorizar aviones en lugar de fortalecer la seguridad territorial y social desde lo estructural?
Sé que la defensa nacional no es un lujo y entiendo que un Estado sin capacidad disuasiva queda vulnerable. No soy ingenuo. Pero tampoco soy indiferente frente al hecho de que esta decisión se da cuando el discurso de paz del gobierno enfrenta sus mayores tensiones. Los grupos armados no han mostrado ceder poder real, y los episodios recientes de violencia en varias regiones parecen demostrar que la negociación —al menos en su forma actual— no les quita incentivos para mantenerse en guerra.
Y ahí está la paradoja: si necesitamos aviones para protegernos internamente y “dialogar desde la fuerza”, entonces la promesa de un país que iba a reconciliarse sin armas parece haber sido más ilusión que hoja de ruta. No estoy diciendo que Petro traicionó al electorado ni que la compra sea inútil, pero sí creo que este hecho marca un giro discursivo y estratégico que debe reconocerse con frontalidad: la paz total, al menos como se planteó, no está funcionando.
Al final, esta adquisición habla más del país que somos que de los aviones que compramos. Habla de un Estado que dialoga porque quiere paz, pero compra armamento porque teme que la guerra siga. Habla de un gobierno que quiere autonomía diplomática, pero que aún depende de alianzas externas para sostener su defensa. Habla de un presidente que prometió invertir en la vida, pero hoy invierte también en la capacidad de disparo.
Ojalá estos aviones no se conviertan en monumentos al fracaso del diálogo ni en excusa para militarizar más el territorio, sino en herramienta de protección mientras se reestructura la estrategia de paz. Porque si la paz necesita aviones para sostenerse, entonces todavía no es paz: apenas es tregua armada con aspiraciones.
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